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PARQUE
NATURAL SIERRAS DE CAZORLA, SEGURA Y LAS VILLAS
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El Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, con 209.920 Ha, constituye el espacio protegido más extenso de España y el segundo de Europa. Se sitúa en el límite noreste de Andalucía, ocupando prácticamente todo el este de la provincia de Jaén.
El Parque Natural se extiende por 3 comarcas, Sierra de Segura con un 67,1% del parque, Alto Guadalquivir con un 24,5% y La Loma y Las Viilas con un 8,3%, ocupando todo o parte del territorio de un total de 23 municipios que se reparten este espacio protegido, donde reside una población aproximada de 100.000 habitantes y con características naturales y culturales de los más variadas: Beas de Segura, Benatae, Cazorla, Chilluévar, Génave, Hinojares, Hornos de Segura, Huesa, La Iruela, Iznatoraf, Orcera, Peal de Becerro, Pozo Alcón, La Puerta de Segura, Quesada, Santiago-Pontones, Santo Tomé, Segura de la Sierra, Siles, Sorihuela del Guadalimar, Torres de Albánchez, Villacarrillo y Villanueva del Arzobispo. Santiago-Pontones (municipio resultante de la fusión efectuada en 1973 de los términos de Santiago de la Espada y Pontones) es, con gran diferencia, el municipio que más superficie representa (32,5%) en el total de la extensión del Parque Natural siguiéndole, a mucha distancia, Segura de la Sierra, Cazorla y Siles.
Como principal antecedente al reconocimiento de sus excepcionales valores naturales y especialmente faunísticos, se declaró en 1960 el Coto Nacional de Caza de las Sierras de Cazorla y Segura, con una extensión cercana a las 70.000 Ha, coincidiendo con gran parte de la mitad meridional de este espacio protegido. El primer reconocimiento internacional del interés ambiental sobrevino con su declaración, en 1983, bajo la figura de Reserva de la Biosfera dentro del Programa MaB de la UNESCO, constituyendo una de las de mayor extensión de España. Tres años después, en 1986 es declarado el Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, en reconocimiento a su riqueza paisajística, ecológica y cultural. También en 1986 se aprobó el Plan Especial de Protección del Medio Físico de la provincia de Jaén, que cataloga al conjunto de las sierras que forman el Parque entre los espacios más sobresalientes de la provincia, diferenciando también una serie de espacios más pequeños por su interés ambiental y paisajístico: Salfaraf y Cerro Quintería, Sierra de Calderón y el área forestal de interés recreativo de Cazorla y Segura. En 1988, se declara esta extensa área como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) en aplicación a la Directiva 79/409 de la CEE, relativa a la Conservación de las Aves Silvestres. Por último, la Federación de Parques Nacionales y Naturales de Europa ha concedido el Certificado de la Carta Europea de Turismo Sostenible al Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas.
En
función de las características
ecológicas y de los aprovechamientos por parte del hombre de
los recursos naturales de estas zonas, se pueden diferenciar en el
Parque distintas unidades espaciales, que agrupan a diferentes
formaciones o biotopos que comparten una serie de caracteres, procesos
y una determinada vocación natural. ÁREAS AGRÍCOLAS Corresponden a las diferentes zonas de cultivo existentes en el ámbito del Parque, donde la acción del hombre ha conllevado una importante transformación del medio para su explotación agrícola. Al constituir los espacios más antropizados, se trata de una unidad de escasa relevancia desde el punto de vista ecológico, caracterizándose generalmente por una baja diversidad biológica y una escasa presencia de especies faunísticas. Se localizan fundamentalmente en el sector noroccidental del ámbito, ocupando el fondo y las vertientes bajas de la depresión Hornos-Guadalimar, y en las áreas limítrofes de transición con la Depresión del Guadalquivir. Suelen presentar un relieve entre suave y acolinado y están dedicados fundamentalmente al cultivo del olivar. También encontramos áreas de vocación agrícola, aunque dispersas y de menor extensión, en zonas de alta montaña, en las navas y depresiones interiores, como las de Fuente Segura-Pontones y los llanos de Santiago de La Espada-La Matea, junto con pequeñas áreas en los fondos de valle, cuya dedicación fundamental son los cultivos herbáceos y de pequeñas huertas.
La mayor parte de las formaciones que conforman esta unidad son también resultado de la transformación de la vegetación natural por la intervención del hombre. Esta intervención se ha dirigido a la eliminación de la mayor parte de las especies no herbáceas con el objeto de favorecer los aprovechamientos ganaderos, siendo especialmente frecuentes en los municipios del Parque de mayor tradición ganadera, como Santiago-Pontones y Segura de la Sierra. En otros casos, también corresponden a antiguas zonas roturadas para su puesta en cultivo y posteriormente abandonadas como consecuencia de su marginalidad productiva y las limitaciones para la mecanización (suelos pedregosos y en pendiente), observándose ejemplos de este tipo en las Sierras de las Villas y en zonas próximas al núcleo de Pontones. También se incluyen en esta unidad las áreas colonizadas por diversas formaciones de alta montaña constituidas por especies de bajo porte, como los lastonares, piornales, pastizales de alta montaña acompañados de la presencia de algunas especies arbustivas dispersas (sabinares), etc. Ecológicamente, estas unidades suelen considerarse etapas de degradación de los pinares oromediterráneos, aunque también pueden tener un carácter estable, paraclimácico, sobre todo las áreas de cumbres, al estar adaptadas a las rigurosas condiciones edáficas y climáticas imperantes. Poseen una variedad ambiental y diversidad biológica media o baja, si bien algunos enclaves dolomíticos destacan por la presencia de endemismos botánicos o especies de gran valor ecológico, como Erodium cazorlanum y Hormatophilla baetica. Se trata de una unidad constituida por formaciones sustitutivas del primitivo bosque mediterráneo y dominadas por el estrato arbustivo, que aparece acompañado en la mayor parte de los casos de una cubierta arbórea de pinos, aunque de forma dispersa. Se localizan, principalmente, en las zonas bajas del ámbito no ocupadas por cultivos por problemas de pendientes o pedregosidad. Ecológicamente, estas formaciones están asociadas a la degradación de los ecosistemas originales como consecuencia de las alteraciones provocadas por el hombre (tala, carboneo, incendios,...), siendo las especies arbustivas predominantes las características de sus etapas de sustitución, dependiendo también del nivel de degradación. Entre las más frecuentes están los atochares en la parte sur del Parque y otras como los romerales, tomillares, lentiscales, jarales y coscojares. También se presentan otras de distribución más restringida, como los cornicabrales, aulagares y madroñales. Poseen una diversidad biótica media, jugando un papel importante como hábitat para determinadas especies faunísticas o como áreas de campeo de numerosos predadores entre carnívoros y rapaces. Así mismo, tienen importancia como etapas previas para la posible regeneración de las formaciones originales.
Corresponde a los enclaves donde aún se conservan restos de las antiguas formaciones de quercíneas que poblaban el Parque antes de llevarse a cabo la transformación de la vegetación natural y su repoblación con fines madereros. En su mayor parte, se trata de restos de encinares y en menor medida de quejigares en posiciones más mesófilas, muy localizadas en sectores concretos del Parque: cabecera y márgenes del Guadalentín, y vertiente oeste del valle del Zumeta, correspondiendo en este último caso a un encinar de alta montaña. En el resto del Parque pueden aparecer enclaves más pequeños y aislados, en algunos de los cuales pueden observarse estas formaciones en estado casi puro, como el quejigal de Arroyo Frío o el encinar de la Cerrada de Utrero. Aunque son formaciones parcialmente alteradas por la acción del hombre, poseen una alta diversidad biológica y desempeñan un importante papel como hábitat de numerosas especies animales y vegetales, albergando algunas especies de flora que sólo pueden reconocerse en estos enclaves. Su limitada extensión contribuye a incrementar su importancia tanto ecológica como paisajística, diferenciándose claramente de las formaciones de pinares dominantes en el Parque. Tienen un valor científico y pedagógico muy importante como áreas-testigo de lo que fue la vegetación natural antes de los profundos cambios realizados por el hombre, tratándose de las pocas áreas del Parque donde puede observarse una correspondencia entre la vegetación actual y la vegetación potencial que debió cubrir una gran superficie del ámbito. Representan una de las unidades de mayor extensión en el ámbito, correspondiéndose con los ecosistemas forestales procedentes de las repoblaciones de pino carrasco y negral realizadas principalmente por la Administración sobre una gran parte de la superficie del Parque, o debidas a la expansión natural de estos pinares sobre áreas previamente cultivadas que posteriormente fueron abandonadas. Altitudinalmente, estas formaciones forestales se localizan en dos franjas diferentes: el pino carrasco en la zona de baja montaña, situado grosso modo, entre los 600-850 m, y el pino negral en la media montaña, entre el límite anterior y aproximadamente los 1.200 m de altitud, si bien estos valores varían de unos sectores a otros en función de factores locales como la orientación y características de los suelos. Poseen una diversidad biológica media-alta, en función de las formaciones acompañantes del sotobosque o de la presencia de formaciones residuales del antiguo bosque de encinas, quejigos y acebos y otras frondosas: áceres, serbales, bojedas, etc. Cumplen una función importante desde el punto de vista de la conservación del suelo, como etapa previa a la regeneración de las formaciones naturales y como hábitat donde se desenvuelven numerosas especies vegetales y animales. Esta unidad está constituida por las formaciones de pinares autóctonos de pino salgareño, que suelen alcanzar la franja altitudinal comprendida entre los 1.200-1.850 m de altitud, aunque pueden aparecer pinares excepcionalmente conservados en determinados enclaves de mayor altitud, como el Pico Cabañas. Cabe establecer, sin embargo, una diferenciación entre las formaciones de pino salgareño de alta montaña, situados a partir de los 1.500 m y sobre los farallones prácticamente inaccesibles que delimitan los principales relieves del Parque, donde la intervención humana ha sido poco impactante y la vegetación se encuentra bastante próxima a su estado climácico, coincidiendo con el área de distribución natural de la especie y con una presencia importante de endemismos botánicos, de aquellas formaciones sobre altitudes inferiores que han sido resultado de la propagación de la especie, de forma natural, hacia las áreas desforestadas o de forma artificial mediante repoblaciones, ocupando las áreas potenciales de otras formaciones, como los encinares y quejigares mediterráneos. En conjunto, se trata de una unidad que posee una alta diversidad biológica y un extraordinario valor paisajístico. Ecológicamente, las formaciones más naturalizadas, coincidiendo con el área potencial de la especie, pueden asociarse a formaciones climácicas o próximas al clímax, lo que unido a la presencia de un importante número de endemismos en los enclaves rupícolas, contribuye a aumentar el valor intrínseco de éstas áreas. Engloba a los distintos embalses y masas de agua dulce situadas en el interior del Parque. Aunque, exceptuando la laguna de Valdeazores, el origen de estos humedales es antrópico, funcionan como ecosistemas peculiares que contribuyen a aumentar la diversidad paisajística y ecológica del Parque. Asímismo, juegan un papel trascendental como biotopos únicos, donde encuentran refugio numerosas especies de flora exclusivas de estos ecosistemas: algas, macrófitos, vegetación palustre de las orillas, etc., y se advierte la presencia de grupos faunísticos característicos de las zonas húmedas: aves acuáticas, ardeidos, anfibios, peces e incluso el águila pescadora.
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